SpaceX acaba de poner las cartas sobre la mesa, y el mazo entero tiene el inconfundible sello de Elon Musk. Con la vista puesta en su inminente debut en la bolsa estadounidense el mes que viene —una operación histórica que valora la compañía en la friolera de 1,75 billones de dólares—, la empresa ha hecho público un folleto para inversores que es de todo menos aburrido. Entre las más de 300 páginas del documento, que desgrana al milímetro costes operativos y previsiones de ingresos, se cuelan las habituales proclamas mesiánicas del magnate sobre el universo y unas cuantas advertencias de riesgo que dejan entrever las excentricidades de su entramado tecnológico.

Y es que, según el texto, el objetivo último de la compañía sigue siendo montar colonias en la Luna y en Marte para “extender la luz de la consciencia a las estrellas” y forzar el próximo gran salto evolutivo de la humanidad. Suena a ciencia ficción épica, pero bajar a los números del prospecto revela una interdependencia casi asfixiante entre las distintas ramas del imperio Musk.

Resulta que SpaceX se ha dejado una auténtica millonada en Tesla durante los últimos años. Hablamos de 506 millones de dólares proyectados para 2025 y otros 191 millones en 2024, destinados en su mayoría a adquirir los enormes sistemas de baterías Megapack. Pero lo que realmente llama la atención de las cuentas es la fiebre por los Cybertrucks. La firma aeroespacial adquirió en 2025 vehículos por valor de 131 millones de dólares a precio de catálogo, que oscila entre los 69.900 y los 99.900 dólares dependiendo de los extras. Si hacemos los números, salen al menos 1.300 camionetas. Teniendo en cuenta que Tesla cerró el año pasado con apenas 20.237 unidades vendidas, queda bastante claro que SpaceX le está sacando las castañas del fuego a su empresa hermana al absorber una porción nada desdeñable de sus ventas totales.

Mientras los futuros accionistas digieren estas peculiaridades financieras y sueñan con la conquista del espacio profundo, la realidad a pie de plataforma de lanzamiento es bastante más terca. Justo este jueves por la noche, SpaceX se vio obligada a abortar el decimosegundo vuelo de prueba de su megarcohete Starship. Era un momento clave: la puesta de largo de la flamante Versión 3 (V3), un modelo fuertemente actualizado tras los múltiples traspiés que sufrió el prototipo V2 el año pasado.

La idea era tachar un par de hitos de la lista, como el despliegue de satélites simuladores en órbita, aunque desde la compañía ya avisaban de que no esperaban un vuelo inmaculado. Al final, el intento de despegue en el sur de Texas fue un auténtico tira y afloja. Consiguieron esquivar el mal tiempo y encontraron una ventana de cielos despejados in extremis hacia el final de su margen de 90 minutos, pero cuando el reloj bajó del último minuto, una cascada de retenciones automáticas arruinó el conteo.

Dan Huot, portavoz de SpaceX, enumeró rápidamente los culpables técnicos que hicieron saltar las alarmas: un problema con una línea de propelente conectada a la nave, un sensor en la torre de lanzamiento y lo que parecía un fallo en el sistema de diluvio de agua. No quedó del todo claro cuál de estos errores dio la estocada final al lanzamiento, o si fue una combinación de todos. Lo único seguro es que los ingenieros tienen trabajo por delante si quieren volver a intentarlo mañana mismo a las 18:15 (hora de la costa este), tal y como sugieren los avisos federales de tráfico aéreo. Para ello, es muy probable que tengan que volver a reponer el combustible y el oxidante de los gigantescos tanques que rodean la plataforma.

La prisa por poner a punto el Starship no es un capricho. SpaceX tiene el aliento de la NASA en la nuca, que depende de que este vehículo esté listo para llevar astronautas al espacio profundo y volver a pisar la Luna en 2028. Mientras tanto, toca lidiar con el barro de la ingeniería real. Como bien resumió Huot con cierta resignación técnica, al tener un cohete nuevo y una plataforma nueva, están aprendiendo sobre la marcha. “No somos capaces de diagnosticar todos estos problemas en esos últimos segundos para llegar al lanzamiento”, admitió, conformándose con que este intento abortado sirva, al menos, como un ensayo general con combustible. Un recordatorio de que entre los informes financieros multimillonarios y las estrellas, siempre hay válvulas que fallan.