Hace aproximadamente 35 millones de años, un asteroide impactó contra el océano frente a la costa este de América del Norte, dejando tras de sí un gigantesco cráter de impacto que hoy permanece oculto bajo la bahía de Chesapeake.
La colisión tuvo consecuencias devastadoras: incendios generalizados, potentes terremotos, gotas de vidrio fundido, una gigantesca explosión aérea y un tsunami que transformó por completo el paisaje de lo que ahora conocemos como Virginia y Maryland.
El impacto creó un cráter de aproximadamente 40 kilómetros de diámetro, que con el tiempo quedó completamente sepultado bajo sedimentos. Aunque invisible a simple vista, su existencia fue confirmada en la década de 1990 gracias a perforaciones científicas.
Se trata del cráter de impacto más grande conocido en Estados Unidos y ocupa el puesto número 15 entre los mayores del planeta, lo que da una idea de la magnitud de la colisión provocada por el antiguo asteroide.
Un campo de escombros que se extiende por millones de kilómetros
Más allá del cráter en sí, la colisión expulsó una enorme cantidad de material al espacio y a la atmósfera. Entre los restos se encontraban tectitas—fragmentos de vidrio natural formados por el calor extremo de los impactos de meteoritos—y cristales de circón que quedaron sometidos a una intensa presión y temperatura. Estos minerales modificados constituyen una prueba clave del impacto y de su violencia.
Los restos esparcidos formaron lo que hoy se conoce como el “campo de tectitas de América del Norte”, una gigantesca capa de material expulsado que se extiende por aproximadamente 10 millones de kilómetros cuadrados, unas diez veces el tamaño de Texas. Parte de estos escombros cayó en tierra firme, mientras que una gran cantidad se enfrió rápidamente al entrar en contacto con el agua del océano, quedando preservada en el lecho marino como un testimonio del evento.
Científicos refinan la datación del impacto
Para comprender mejor los efectos y la cronología de este cataclismo, un equipo de investigadores, entre ellos Marc Biren, de la Escuela de Exploración de la Tierra y el Espacio de la Universidad Estatal de Arizona, analizó muestras de perforación obtenidas en el sitio 1073 del Proyecto de Perforación Oceánica. Su objetivo era afinar la datación de los materiales expulsados mediante técnicas avanzadas.
El equipo, en el que también participaron Jo-Anne Wartho, Matthijs Van Soest y Kip Hodges, utilizó el método de datación uranio-torio-helio en los cristales de circón presentes en los sedimentos. Esta técnica permitió establecer con mayor precisión el momento exacto en que estos materiales fueron expulsados, se enfriaron y se asentaron.
“Determinar edades precisas de los eventos de impacto es crucial para nuestra comprensión de la historia de la Tierra”, explicó Biren. “En los últimos años, la comunidad científica ha reconocido la importancia de estos impactos en la evolución geológica y biológica del planeta, incluyendo la extinción masiva de los dinosaurios hace 65 millones de años, vinculada al cráter de impacto de Chicxulub.”
Los investigadores se centraron en los cristales de circón, ya que conservan huellas de la metamorfosis de choque causada por las altas presiones y temperaturas del impacto. Estos diminutos cristales, con un grosor similar al de un cabello humano, fueron fundamentales en el estudio.
“La clave de nuestra investigación fueron los cristales de circón —más precisamente, de silicato de circonio— hallados en los sedimentos oceánicos de un pozo de perforación situado a casi 400 kilómetros al noreste del lugar del impacto, en el océano Atlántico”, explicó la coautora Jo-Anne Wartho, quien inició el estudio mientras trabajaba como gestora de laboratorio en el Laboratorio de Espectrometría de Masas de la Universidad Estatal de Arizona.
Este descubrimiento no solo arroja luz sobre un evento catastrófico del pasado, sino que también contribuye a una mejor comprensión del papel de los impactos de asteroides en la evolución de la Tierra y sus ecosistemas.