A medida que las bolsas estadounidenses despiden 2025 rozando máximos históricos, las señales que llegan desde los despachos de análisis no invitan precisamente al optimismo. Mike McGlone, estratega sénior de materias primas en Bloomberg Intelligence, ha lanzado una advertencia clara: lo que nos espera en 2026 no es una continuación plácida del ciclo actual, sino una “Gran Reversión” cargada de volatilidad. Según el experto, el mercado está emitiendo señales contradictorias que sugieren un reajuste forzoso en el horizonte cercano.

En sus declaraciones para Kitco News, McGlone puso el foco en la brecha cada vez más profunda entre la economía financiera y la economía real. Mientras que índices como el S&P 500 y el Nasdaq siguen descontando un aterrizaje suave y un crecimiento sostenido, el sector de las materias primas cuenta una historia bien distinta. El oro, por ejemplo, ha mostrado un comportamiento extraordinario este año con una revalorización del 65%, superando a cualquier otro activo en términos de rentabilidad ajustada. Por el contrario, el desplome global del crudo dibuja una trayectoria propia de una recesión mundial.

El fantasma de 1929 y la dictadura del oro

Para McGlone, esta divergencia no es un síntoma de fortaleza, sino la antesala de un cambio de ciclo inminente. Desde finales de octubre, el analista viene calificando la situación como “aterradora”, basándose en datos que resultan difíciles de ignorar: un oro que cotiza por encima de los 4.300 dólares la onza, un petróleo estancado en el entorno de los 50 dólares y un Bitcoin que se ha quedado rezagado respecto a la renta variable como pocas veces se ha visto en el ciclo moderno.

Uno de los indicadores que más preocupan de cara a 2026 es la ratio entre el S&P 500 y el oro. Actualmente, esta relación se sitúa en 1,55 onzas de oro por cada unidad del índice, un nivel que guarda una inquietante similitud con el pico alcanzado en 1929, justo antes del Gran Crack. Históricamente, cada vez que esta ratio ha iniciado un descenso desde tales alturas —como ocurrió en la década de los 70 o en la crisis de 2008—, el desenlace ha sido un ajuste severo. La gran incógnita para el próximo año no es si el oro seguirá subiendo, sino cuándo empezarán las acciones a perder valor frente al metal precioso.

A esto se suma un factor de riesgo silencioso: la baja volatilidad. Con un S&P 500 cuya volatilidad a 120 días se mantiene cerca del 11%, muy por debajo de sus promedios históricos, el mercado parece haber comprado una calma artificial. Sin embargo, la historia nos enseña que estos periodos de tranquilidad absoluta nunca son eternos.

El exceso de crudo como arma geopolítica

El mercado energético no escapa a esta lógica de incertidumbre. A pesar de los constantes focos de tensión geopolítica, los precios del petróleo han reaccionado de forma tímida, síntoma de un mercado que ya no está tan ajustado como antes. El exceso de oferta es una realidad tangible: el volumen de crudo almacenado en petroleros —lo que se conoce como almacenamiento flotante— ha alcanzado niveles que no se veían desde la pandemia de 2020.

Esta abundancia de suministro, con el barril de Brent peleando por mantenerse en los 60 dólares, ha dado un margen de maniobra inesperado a la Administración Trump. Con los precios bajos y la previsión de que sigan cayendo, Washington ha podido intensificar su estrategia de bloqueos y confiscaciones de buques vinculados a Venezuela sin temor a un shock energético que dispare la inflación interna. Cada vez que Estados Unidos estrecha el cerco sobre el crudo venezolano, el repunte de precios es apenas testimonial, ya que el excedente global actúa como un amortiguador eficaz.

Rusia y el tablero de ajedrez de 2026

Venezuela no es el único factor de inestabilidad en este rompecabezas. La oferta rusa sigue siendo el gran interrogante para los primeros compases de 2026. Los precios del petróleo oscilan ahora al ritmo de las noticias sobre las negociaciones de paz en Ucrania: los rumores de avance hunden los precios, mientras que las amenazas de nuevas sanciones los elevan.

Analistas de ING, como Warren Patterson y Ewa Manthey, sostienen que un endurecimiento de las sanciones contra el sector energético ruso supondría un riesgo de suministro considerable si no se logra un acuerdo de paz. Sin embargo, recalcan que el actual contexto de superávit permite a la Casa Blanca ser mucho más agresiva en su política exterior. Por otro lado, un hipotético acuerdo de paz traería consigo un alivio de las sanciones a Rusia, lo que aceleraría aún más la acumulación de suministro global.

En la actualidad, una parte significativa del petróleo almacenado en el mar —estimado en unos 1.400 millones de barriles— es crudo ruso que los compradores evitan por temor a las sanciones impuestas a gigantes como Rosneft y Lukoil. Todo apunta a que 2026 será el año en que estas tensiones acumuladas terminen por definir el nuevo orden de los mercados mundiales.